jueves, 7 de junio de 2007

Manifiesto

"Yo no canto por cantar, ni por tener buena voz. Canto porque la guitarra tiene sentido y razón"


Nosotras no educamos por educar, ni por tener el talento o los conocimientos necesarios para hacerlo. Educamos porque la enseñanza nos llamó a ello. Educamos como aquél que escribe porque existe una historia cuya potencia lo llama a escribir, porque la historia debía ser contada.

Todas las personas que quieren educarse debieran poder hacerlo. Es el deber de la sociedad hacerse cargo. Es el deber del que nosotras hemos querido hacernos cargo. Es el espíritu que queremos contagiar al mundo. Es la historia que queremos escribir.

Queremos contribuir a la creación de una sociedad que se eduque mutuamente, que desee aprender, que crezca desde la educación, desde el esfuerzo colectivo por cambiar el mundo. Es el deseo más utópico y ambicioso que la humanidad ha tenido y es, también, la lucha más inspiradora de la que hemos sido testigos. Pero ha dejado de ser una lucha de otros, ahora es también nuestra. Es nuestra porque no podía ser de otra forma, porque nuestra historia social e individual nos enseñó el valor de la educación, del amor, del respeto y de la paz.

Porque nuestra familia nos enseñó a amar incondicionalmente y a pesar de todo. Porque tuvimos profesores - pocos, pero extraordinarios - que nos ayudaron a recordar cuan capaces éramos gracias a que creyeron en nosotras. Porque Manu Chao nos enseñó que del dolor no hay que huir, sino bailarlo con esperanza. Porque Tolkien nos enseñó que la desesperanza es sólo para aquellos que conocen el fin de todos los caminos. Porque nuestros amigos nos enseñaron que no hay lucha imposible si estamos unidos. Porque la naturaleza nos enseñó la humildad del propio ser y la admiración por la grandeza de la Tierra. Porque la literatura nos enseñó el poder de los sueños y lo invencible de la imaginación. Porque Los Jaivas nos enseñaron el orgullo de nuestro continente y la belleza de la vida. Porque el cine nos enseñó los colores del mundo. Porque tuvimos un ángel en nuestra vida que nos enseñó el dolor y la pérdida, pero también nos enseñó la libertad. Porque nosotras nos hemos enseñado mutuamente la empatía, la entrega, la generosidad, la necesidad de educar, la urgencia de regalar alegría, la misión de cambiar el mundo.

Porque en todo lo que vivimos está la oportunidad de aprender; nuestro motor vital es, y será siempre, aprender para educar.